Revista Digital de Tecnologías de la Información y Comunicación. Vol. 5, No. 3. Trimestre julio-septiembre de 2009. ISSN: 1870-7505

 

DESARROLLO SUSTENTABLE Y EDUCACIÓN AMBIENTAL EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

José Sales Nava*

 

En los umbrales del siglo XXI estamos viviendo en la llamada era de la modernidad o posmodernidad, la era de la globalización mundial; donde las sociedades en sus diferentes niveles de desarrollo económico, político, cultural y social, se encuentran sometidas a la más violenta dominación del modelo económico neoliberal que da soporte al capitalismo contemporáneo; donde día con día se profundiza la brecha trazada entre los países ricos y pobres del mundo entero; donde la racionalidad instrumental basada en la explotación irracional del hombre por el hombre; y, de éste sobre el medio ambiente natural. Todo esto, ha marcado la debacle que hoy enfrenta el ser humano en su afán por sobrevivir y garantizar una mejor calidad de vida para las generaciones del presente y, abonar al bienestar y la vida misma para las generaciones futuras.

Considerando la actitud y el comportamiento que ha asumido el hombre frente a la naturaleza en su intento por convertirse en el dueño de la tierra y del cosmos, es importante recuperar  la reflexión de  Edgar Morín (1999:5), quien sostiene que cuando miramos hacia el futuro, vemos numerosas incertidumbres sobre lo qué será el mundo de nuestros hijos, de nuestros nietos y de los nietos de nuestros nietos. Pero al menos, de algo podemos estar seguros: si queremos que la Tierra pueda satisfacer las necesidades de los seres humanos que la habitan, entonces la sociedad humana deberá transformarse. Así, el mundo de mañana deberá ser fundamentalmente  diferente del que conocemos hoy. Debemos, por consiguiente, trabajar para construir un “futuro viable”. La democracia, la equidad y la justicia social, la paz y la armonía con nuestro entorno natural deben ser las palabras claves de este mundo en devenir. Debemos asegurarnos que la noción de “durabilidad” sea la base de nuestra manera de vivir, de dirigir nuestras naciones y nuestras comunidades y de interactuar a nivel global. 

Un referente que actualmente destaca en la lucha para enfrentar la compleja realidad que vive el ser humano y que ha sido retomado por todos los actores en la vida social en general, lo representa la educación y la estrategia económica y política ligada al llamado desarrollo sustentable.

     Por consiguiente, abonamos a los planteamientos de quienes consideran que para lograr la tan anhelada transformación, construir el futuro viable y mejorar nuestro estilo de vida y nuestro comportamiento frente al medio ambiente natural, la educación juega un papel fundamental, ya que ella está obligada a ser la fuerza del futuro, porque la educación constituye uno de los instrumentos más poderosos que el hombre tiene a su disposición para poder realizar los cambios que sean útiles y necesarios para alcanzar el bienestar y la felicidad del ser humano, la naturaleza, la tierra-patria y el planeta en general. Sobre el particular, Rodiles y Marcos (2001), dicen que el ser humano es la única criatura sobre el orbe al que, por alguna razón misteriosa, se le dio la responsabilidad consciente de encontrar la felicidad.

Obviamente que esta última acción, depende en mucho del tipo de educación que reciban las generaciones presentes y de su capacidad para darle a la tierra y al medio ambiente un futuro saludable como garantía para salvaguardar las necesidades de las generaciones del mañana. En esto, según Gadotti (2000:328) la educación juega un papel fundamental; por lo tanto, se requiere de una nueva comprensión del papel de la educación y su función debe ir más allá de la transmisión de la cultura y de la adquisición del saber. Implica construcción de nuevos valores y nuevas relaciones. Nuestro futuro común depende de nuestra capacidad de entender; hoy, la situación dramática en la cual se está por causa del deterioro del medio ambiente y esto pasa por un proceso de concientización planetaria. Hay que estar conscientes de que el ser más amenazado por la destrucción del medio ambiente es el ser humano y de entre los seres humanos, los más pobres son sus las principales víctimas.

Edgar Morín (2003:97), dice que todos los humanos estamos sometidos a las mismas amenazas mortales del uso de armas nucleares y  al mismo peligro ecológico sobre la biosfera que se agrava con el <<efecto invernadero>>, provocado por el crecimiento del CO2 en la atmósfera, las deforestaciones masivas de grandes selvas tropicales productoras de nuestro oxigeno común, la esterilización de los océanos, mares y ríos nutricios, las innumerables contaminaciones, las catástrofes sin fronteras. A todo esto hay que añadir dispersión mundial de nuevos virus y antiguos microbios vigorizados, el futuro incontrolado de la economía mundial, y en fin, sobre todo, la amenaza poliforma que recubre y produce la alianza entre  las dos barbaries, la barbarie de la destrucción y de muerte procedente del fondo de las edades y la barbarie anónima y helada del mundo tecno-económico.
 
A raíz de la permanencia de problemas de esta índole y la crisis planetaria de finales del siglo XX y lo que va del XXI, organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se han preocupado y se han dedicado a pensar de nuevo la educación en términos de durabilidad, especialmente en su función de encargada del “Programa internacional sobre la educación, la sensibilización del público y la formación para la viabilidad”, lanzado en 1996 por la Comisión para el desarrollo sostenible de  las Naciones Unidas. Este programa de trabajo enuncia las prioridades aprobadas por los Estados y apela a estos así como a las organizaciones no gubernamentales, al mundo de los negocios y de la industria, a la comunidad académica, al sistema de las Naciones Unidas, y las instituciones financieras internacionales para que tomen rápidamente medidas con el fin de poner en práctica el nuevo concepto de educación para el futuro viable y reformar, por consiguiente, las políticas y programas educativos nacionales (Morín-UNESCO: 1999).

Pensar la educación tal y como lo establece la UNESCO, nos obliga a refrendar las reflexiones de Morín, quien en reiteradas ocasiones reafirma que la educación del futuro, deberá ser una enseñanza de primera y universal centrada en la condición humana. Estamos en la era planetaria; una aventura común se apodera de los humanos donde quiera que estén. Éstos deben reconocerse en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconocer la diversidad cultural inherente a todo cuanto es humano; además, este tipo de educación, debe  contribuir igualmente a abandonar el loco sueño de conquistar el universo y de dominar a la naturaleza, los nuevos conocimientos que nos hacen descubrir el lugar de la Tierra en el cosmos, la Tierra-sistema, la Tierra Gaia o biosfera, la Tierra-patria de los humanos, no tienen ningún sentido si están separadas unas de otras.

En concreto, en un universo plagado de ambiciones desmedidas de pequeños grupos de seres humanos que haciendo uso de su poder y su dinero pasan por encima de la naturaleza y todo tipo de vida que en ella existe, hace  necesario comprender mejor el papel de la educación en la cimentación de un desarrollo con justicia social, centrado en las necesidades humanas y no en el capital, tal y como acontece en este mundo globalizado en el que impera por encima de todas las cosas, un modelo de desarrollo  basado en el lucro y la exclusión social, que distancia cada vez más a ricos y pobres, a países desarrollados de los subdesarrollados, a los globalizadores de los globalizados.

Está claro que en la llamada era de la globalización, el capitalismo está creando, a escala mundial, un ambiente favorable para que se afiancen políticas regresivas y antidemocráticas que atentan contra el desarrollo sustentable y los derechos más elementales de la tierra-patria y los seres humanos en general.

Como lo habíamos señalado inicialmente, la educación guarda un vínculo muy cercano con el llamado “desarrollo sustentable”; pues, pensamos que no es posible construir un desarrollo sustentable sin una educación concebida para tal fin.
El surgimiento del concepto “desarrollo sustentable” está asociado al reconocimiento de que se están acabando los recursos naturales a nuestra disposición y de la mortalidad inevitable de nuestra especie de no darse ciertas circunstancias que hicieron posible su surgimiento y mantenimiento en el planeta.

Por consiguiente, es primordial señalar que el desarrollo tal y como lo conciben los defensores del modelo económico neoliberal imperante en la sociedad contemporánea,  ha creado más problemas de los que ha resuelto y ha conducido a una crisis profunda de civilización que afecta a las sociedades más prósperas del mundo capitalista del siglo XXI. Concebido únicamente de manera técnico-económica, el desarrollo está en un punto insostenible incluyendo el desarrollo sustentable. Es necesaria una noción más rica y compleja del desarrollo, que sea no solo material sino también intelectual, afectiva, moral, etc.

Sobre el tema de la sustentabilidad en  particular, Enrique Leff (2001:21-28),   considera que es importante diferenciar claramente entre el sentido de “desarrollo sostenible”, “sostenibilidad” y “crecimiento sostenido” en las estrategias del discurso ambiental neoliberal, de la noción de sustentabilidad, constitutiva del concepto de  ambiente, como marca de la ruptura de la racionalidad económica que ha negado a la naturaleza y como condición para la construcción de una nueva racionalidad ambiental.

En referencia a la llamada sustentabilidad, de manera critica el referido autor dice que ésta, es el significante de una falla fundamental en la historia de la humanidad; crisis de civilización  que alcanza su momento culminante en la modernidad, pero cuyos orígenes remiten a la concepción del mundo que funda a la civilización occidental. La sustentabilidad es el tema de nuestro tiempo, del fin del siglo XX y del paso al tercer milenio, de la transición de la modernidad truncada e inacabada hacia una posmodernidad incierta, marcada por la diferencia, la diversidad, la democracia y la autonomía. La sustentabilidad es el tiempo de la hibridación del mundo -la tecnologización de la vida y la economización de la naturaleza-, de mestizaje de culturas, de dialogo de saberes, de dispersión de subjetividades, donde se está desconstruyendo y reconstruyendo el mundo, donde se están resignificando identidades y sentidos existenciales a contracorriente con el proyecto unitario y homogeneizante de la modernidad. Son tiempos donde emergen nuevos valores y racionalidades que reconducen a la construcción del mundo; en el que se descongelan, se desencantan, se precipitan y se reciclan los tiempos históricos pasados; donde hoy se reenlazan sus historias diferenciadas y se relanza hacia nuevos horizontes.

Asimismo, este autor dice que el principio de  Sustentabilidad emerge en el contexto de la globalización como la marca de un límite  y el signo que reorienta el proceso civilizatorio de la humanidad. La crisis ambiental vino a cuestionar la racionalidad y los paradigmas  teóricos que han impulsado y legitimado el crecimiento económico, negando a la naturaleza.

El discurso del desarrollo sustentable, tal y como lo plantea Leff, se fue legitimando, oficializando y difundiendo ampliamente a raíz de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Rio de Janeiro en el año de 1992. A partir de esta fecha, el  discurso de la “sostenibilidad” lleva así a propugnar por un crecimiento  sostenido, sin una justificación rigurosa sobre la capacidad del sistema económico para internalizar las condiciones ecológicas y sociales (de sustentabilidad, equidad, justicia y democracia) de este proceso. La ambivalencia del discurso de la sustentabilidad surge de la polisemia del término sustainability, que integra dos significados: uno, traducible como sustentable, que implica la internalización de las condiciones ecológicas de soporte del proceso económico; otro, que aduce a la durabilidad del proceso económico mismo. En este sentido, la sustentabilidad ecológica se constituye en una condición de la sostenibilidad del proceso económico.

Además, dice Leff que el discurso sobre el desarrollo sostenible inscribe  las políticas ambientales en los ajustes de la economía neoliberal para dar solución a los procesos de degradación ambiental y al uso racional de los recursos ambientales; al mismo tiempo, responde a la necesidad de legitimar a la economía de mercado, que  resiste el estallido que le está predestinado por su propia ingravidez mecanicista. De esta manera, es fácil ubicar cómo el discurso oficial del desarrollo sostenible ha penetrado en las políticas ambientales y en sus estrategias de participación social. Desde allí se convoca a diferentes grupos ciudadanos (empresarios, académicos, trabajadores, indígenas, campesinos) a conjuntar esfuerzos para construir un futuro común. Esta operación de concertación busca integrar los diferentes actores del desarrollo sostenible, pero enmascara sus intereses diversos en una mirada espectacular que converge en la representatividad universal  de todo ente en el reflejo del argenteo capital.

Con este tipo de discursos y estrategias, el neoliberalismo ambiental busca debilitar las resistencias de la cultura y de la naturaleza para subsumirlas dentro de la lógica del capital. Su propósito es legitimar la desposesión de los recursos naturales y culturales de las poblaciones dentro de un esquema concertado, globalizado, donde sea posible dirimir los conflictos en un campo neutral. A través de esta mirada espectacular (especulativa)  se pretende que las poblaciones indígenas valoren sus recursos naturales y culturales (su biodiversidad y sus saberes tradicionales) como capital natural, que acepten una compensación económica por la cesión de ese patrimonio a las empresas trasnacionales de biotecnología. Éstas serian las instancias encargadas de administrar racionalmente los “bienes comunes”, en beneficio del equilibrio ecológico, del bienestar de la humanidad actual y de las generaciones futuras.

Lo anteriormente señalado, deja en claro que las estrategias planteadas desde las élites del poder económico, quienes -a pesar de ser las responsables directas de hacer un uso irracional de los recursos de la naturaleza  y la falta de cuidado del medio ambiente natural- intentan pasar la factura a la gente y a los países pobres del mundo para que ordenen su desarrollo económico en el marco de la llamada sustentabilidad. Al respecto, habría que plantear algunas interrogantes: ¿Qué se debe hacer? ¿Por no ser los responsables directos de estos hechos, debemos la sociedad civil y los pobres del mundo eludir nuestra responsabilidad y negar nuestra participación en el desarrollo de nuestros pueblos? ¿Quién responderá por las generaciones de pobres que está y seguirá produciendo el capitalismo actual y su modelo económico depredador?

Para dar respuesta a algunas de estas interrogantes y generar condiciones de lucha social en la defensa de la naturaleza y el medio ambiente natural,  en primer lugar debemos reunir a personas e instituciones para discutir qué hacer con la Tierra. Partiendo de las cosas cotidianas o de los datos dramáticos sobre la degradación de la calidad de vida de todos los habitantes de la Tierra, nos podemos interrogar sobre lo que  está pasando y sobre cuál debe ser nuestro papel en relación con esta.

En segundo lugar, consideramos importante retomar las reflexiones de Enrique Leff (2001:326), quien sugiere que  frente a las  estrategias de apropiación económica y simbólica de la naturaleza y de la cultura impuesta por los pregoneros del capitalismo y su modelo económico, es necesaria la emergencia de una ética ambiental que plantee la revaloración de la vida y de la existencia humana. Ésta se expresa en las luchas de resistencia de las comunidades indígenas y campesinas a ser convertidas en reservas etnológicas, a ceder su patrimonio de  recursos naturales y a renunciar a sus identidades culturales.

Además, agrega que el principio de sustentabilidad  debe emerger como una respuesta a la fractura de la razón modernizadora y como una condición para construir  una nueva racionalidad productiva fundada en el potencial ecológico y en nuevos sentidos civilizatorios a partir de la diversidad cultural del género humano.

Como puede observarse, “El desarrollo sustentable” tal y como lo concibe Leff, plantea el reto de la construcción de un nuevo orden social que conlleve a la compresión de la complejidad ambiental emergente y la construcción de una racionalidad ambiental abierta al futuro, a la posibilidad y a lo por venir a través de un diálogo de saberes y el encuentro de otredades. El desarrollo sustentable promueve así la regeneración de proyectos de vida culturalmente diversos fundados en el potencial ecológico de los territorios y en las identidades de los pueblos; reorienta los destinos del planeta y la vida de cada ser humano hacia nuevos horizontes que no estén sometidos al anonimato del interés económico y al poder tecnológico que hoy han sitiado al saber, intervenido la vida y limitado nuestra existencia. La racionalidad ambiental afirma un proyecto de vida en el que pueda afirmarse el deseo de ser en la diversidad y en la diferencia.

En la búsqueda de un nuevo orden social que sea equitativo, con justicia social y democrático; que respete a la naturaleza y al medio ambiente, es indispensable que la educación que reciban las presentes generaciones, esté enmarcada en la estrategia de promover el desarrollo  sustentable que permita mejorar la calidad de vida de los pueblos del presente y garantizar condiciones de vida inmejorable a las generaciones por venir. En este orden de ideas, los contenidos curriculares que se incluyan en los procesos educativos formales tal y como lo concibe Gadotti (2000: 321), tienen que ser significativos para el alumno y, únicamente lo serán para él si  estos contenidos también son significativos para la salud del planeta en un contexto más amplio.

Asimismo, en el marco de la globalización mundial que vivimos, consideramos que se debe promover un  futuro y un desarrollo saludable para  la tierra y, ello depende de la creación de una ciudadanía global o planetaria. En esto, reiteramos la educación juega un papel fundamental.

En síntesis, coincidimos con los argumentos de Gadotti (2000: 318) cuando dice que parece que es imposible construir un desarrollo sustentable sin una educación para el desarrollo sustentable, dado que, el desarrollo sustentable requiere cuatro condiciones básicas:

  1. Económicamente factible.
  2. Ecológicamente apropiado.
  3. Socialmente  justo.
  4. Culturalmente equitativo, respetuoso y sin discriminación de género.

Estas condiciones para el desarrollo sustentable  son suficientemente claras. Se explican a sí mismas. El desarrollo sustentable más que un concepto científico, es una idea motora, una idea de movilización para el presente siglo; las personas y la sociedad civil, en colaboración con el Estado, necesitan dar su parte en la contribución para crear ciudades y campos saludables, sustentables, esto es, con calidad de vida para todos los habitantes del planeta.

Educación y Medio Ambiente.
Como consecuencia de la imposición de un sistema capitalista y su modelo económico imperante, hoy en  día la mayor parte de los ciudadanos del planeta enfrentamos  las consecuencias del mal funcionamiento de un sistema económico, político y social que estructuralmente ha fracasado y se resiste a fenecer. Esto, ha forzado  a los pueblos más pobres del mundo a enfrentar problemas que no son propios pero que, directa o indirectamente, están afectando su desarrollo:  arsenal nuclear, desarme, guerras, desertificación, desmantelamiento, explotación infantil, contaminación ambiental, lluvia ácida, crecimiento demográfico, sojuzgamiento a los pueblos indígenas, violencia contra las mujeres, hambre en la mayor parte del mundo, drogas, refugiados, concentración de la producción y de la tecnología, tortura, desaparecidos, discriminación,  racismo, crimen organizado, corrupción, impunidad, y; sobre todo, la destrucción de la naturaleza y de la tierra, de esa tierra de la que de acurdo con  Morín (2003:47), salió la vida y en el desarrollo multiforme de la vida multicelular surgió la animalidad, y después el desarrollo más reciente de una rama del mundo animal se hizo humano. Nosotros sojuzgamos a la naturaleza vegetal y animal, pensamos en convertirnos en los dueños y poseedores de la tierra, incluso en los conquistadores del cosmos.

Para enfrentar los grandes problemas globales que nos está dejando el “pujante” desarrollo capitalista, socialmente se ha concebido y se sigue concibiendo a la educación como el instrumento más efectivo para instruir ética, moral e intelectualmente a los seres humanos que habrán de formar parte de la sociedad en la que históricamente les ha tocado vivir, contribuyendo a moldear el comportamiento humano, enseñándole acerca de la naturaleza y facilitándole conocimientos e información respecto a las cuestiones ambientales. De esta manera, pensamos que la educación, sobre todo la educación formal,  hoy en día debe asumir un papel protagónico en la formación de una conciencia estrechamente relacionada con el cuidado y preservación del medio ambiente para garantizar una mejor calidad de vida a las generaciones presentes sin socavar los intereses de las generaciones que están por venir.

Sin embargo, creemos que la educación vinculada al conocimiento y cuidado del medio ambiente no debe ser cualquier tipo de educación, debe ser aquella que tanto a nivel formal, no formal e informal, incluya de manera intencionada la promoción del cuidado de la naturaleza, de un desarrollo con justicia social –centrado en las necesidades humanas y no en el capital- y que, al mismo tiempo, no agreda el medio ambiente. Este tipo de educación, debe convertirse en una vía útil y necesaria para potenciar al máximo la formación ambiental en los diferentes estratos de la sociedad, desde los políticos, los profesionales y el personal técnico, que tienen en sus manos la toma de decisiones importantes, hasta  la misma sociedad civil en todos sus niveles, que a través de su actuación diaria incide de manera directa sobre el ambiente.

Desde la década de los años sesenta del siglo XX, comenzaron a manifestarse posturas que consideran que hay un tipo de educación especial que se debe aceptar como una alternativa  viable en la  modificación de  la conducta que el sujeto ha asumido frente a la naturaleza y el medio ambiente; nos referimos a la “educación ambiental”. Misma que ha sido aceptada y legalmente institucionalizada  por los estados nacionales a nivel global.

Al respecto, Limón Domínguez (2000:6)  señala  que las primeras iniciativas que relacionan a la Educación Ambiental (EA) con los procesos educativos generales surgen a partir de la demanda que se hace a la educación para afrontar los problemas del medio ambiente. Y es en la década de los sesenta cuando comienza a generarse una preocupación educativa por el progresivo deterioro ambiental, momento en que se originan los principios que relacionan la educación de la persona con el cuidado y la conservación de la naturaleza.

En esta misma dirección Batllori Guerrero (2001: 47), plantea que históricamente a lo largo de los últimos siglos que preceden al actual,  la teoría educativa ha hecho repetidas referencias al estudio del ambiente como fuente de conocimientos y de formación para niños y jóvenes. Desde Rousseau (1712-1778), para quien la naturaleza es nuestra primera maestra hasta las actuales corrientes pedagógicas, muchos educadores han insistido en la necesidad de recurrir a la experiencia y al conocimiento de su entorno como vía de aprendizaje. Lo que distingue a estas teorías pedagógicas es la consideración de que la naturaleza debe emplearse como recurso educativo.

Con estos planteamientos, se aprecian ya propuestas que se encaminan a considerar como necesaria una educación diferente a la que tradicionalmente se ha venido desarrollando; por lo tanto, resulta trascendental ubicar la importancia que hasta la fecha se le otorga al papel que debe asumir la nueva educación ambiental, como una nueva propuesta paradigmática, en los distintos escenarios donde ha sido objeto de discusiones.

Institucionalmente, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y algunos organismos que de ella dependen como  la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), ya desde el año de 1970 definía a la educación ambiental como: el  proceso que permite reconocer valores y aclarar conceptos para crear habilidades y actitudes necesarias que sirven para comprender y apreciar la relación  mutua entre el hombre, su cultura y el medio biofísico circundante. La educación ambiental también incluye la práctica de tomar decisiones y formular un código de comportamiento respecto a cuestiones que conciernen a la calidad ambiental.

De igual manera, agrega que la educación ambiental:
* Es el resultado de la orientación y articulación de las diversas disciplinas y experiencias educativas que facilitan la percepción integrada del ambiente tomando en cuenta una acción más social y capaz de responder a las necesidades sociales.
* Es el proceso que consiste en reconocer valores y aclarar conceptos con objeto de fomentar las aptitudes necesarias para comprender y apreciar las interrelaciones entre el hombre, su cultura y su medio físico.
* Es una visión de aprendizaje de las relaciones del hombre con su ambiente y de cómo actúa sobre el mundo para construir y unificar la nueva participación.
* Es el proceso de enseñanza-aprendizaje relacionado a la sociedad y la naturaleza de modo que se obtengan los instrumentos necesarios para lograr participar, individual o colectivamente, en el establecimiento armónico de este binomio.
*  Es una enseñanza orientada para el convivio y la creación de procesos capaces de asegurar la sobrevivencia cualitativa en una sociedad que tiende a urbanizarse e industrializarse.

Para la UNESCO, queda claro que el cambio de un nuevo sistema de valores y una ética ambiental hecha por la totalidad de los integrantes de la sociedad; es la educación para la vida. Y, esa educación para la vida se reproduce en la llamada educación ambiental.

Otro referente importante en el que se discute la importancia de la educación ambiental y la necesidad de que ésta asuma los procesos educativos, formales, no formales e informales, lo encontramos en la Conferencia Intergubernamental sobre educación ambiental. Informe Final. Organizado por la UNESCO/PNUMA, en TBILISI (URSS) del 14 al 26 de octubre de 1977. En esta conferencia, se plantea que la educación ambiental debe impartirse a personas de todas las edades, a todos los niveles y en el marco de la educación formal y no formal. Los medios de comunicación social tienen la gran responsabilidad de poner sus recursos al servicio de esa misión educativa.

Debidamente entendida, debería constituir una educación permanente general que reaccionará a los cambios que se producen en un mundo en rápida evolución. Esa educación debería preparar al individuo mediante la comprensión de los principales problemas del mundo contemporáneo, proporcionándole conocimientos técnicos y las cualidades necesarias para desempeñar una función productiva con miras a mejorar la vida y proteger el medio ambiente, prestando debida atención a los valores éticos. Esa educación contribuye a poner de manifiesto la continuidad permanente que vincula los aspectos del presente a las consecuencias del futuro; demuestra además la interdependencia entre las comunidades nacionales y la necesaria solidaridad entre todo el género humano.

Además, se agrega que la educación ambiental ha de orientarse hacia la comunidad. Debería interesar al individuo en un proceso activo para resolver los problemas en el contexto de realidades específicas y debería fomentar la iniciativa, el sentido de la responsabilidad y el empeño de edificar un mañana mejor. Por su propia naturaleza, la educación ambiental puede contribuir poderosamente a renovar el proceso productivo.

En otros escenarios como el Foro Global de la Sociedad Civil realizado del 11 al 13 de junio de 1992 en Rio de Janeiro Brasil, los firmantes del escrito que se derivo de las plenarias de ese evento,  señalaban lo siguiente: reconocemos el papel central de la educación en la formación de valores y en la acción social. Nos comprometemos con el proceso educativo transformador para crear sociedades sustentables y equitativas. Así intentamos traer nuevas esperanzas y vida para nuestro pequeño, tumultuoso pero todavía bello planeta.

Al respecto es importante hacer una diferenciación entre los planteamientos que emergen de las propuestas de la UNESCO en el año de 1970 y las que se derivan del llamado Foro Global del año de 1992 realizado en Brasil. En el primer evento, los acuerdos que se toman se orientan básicamente en la consideración de  que la educación ambiental debe centrar su atención a los procesos de enseñanza-aprendizaje referidos al medio ambiente; en el segundo, de donde emana el llamado Tratado de educación ambiental para las sociedades sustentables y responsabilidad global, Gadotti (2000:326) destaca algunos principios básicos de este importante documento:

  1. La educación ambiental debe tener como base el pensamiento crítico e innovador, en cualquier tiempo o lugar, en sus diversas formas: formal, no formal e informal, promoviendo la transformación y la construcción de la sociedad.
  2. La educación ambiental es individual y colectiva. Tiene el propósito de formar ciudadanos  con conciencia local y planetaria, que respeten la autodeterminación de los pueblos   la soberanía de las naciones.
  3. La educación ambiental debe involucrar una perspectiva holística, enfocando la relación entre el ser humano, la naturaleza y el universo de forma interdisciplinaria.
  4. La educación ambiental debe estimular la solidaridad, la igualdad y el respeto a los derechos humanos, valiéndose de estrategias democráticas e interacción entre culturas.
  5. La educación ambiental debe integrar conocimientos, aptitudes, valores, actitudes y acciones. Debe convertir cada oportunidad en experiencias educativas de las sociedades sustentables.
  6. La educación ambiental debe ayudar a desarrollar una conciencia ética sobre todas las formas de vida con las que compartimos este planeta, respetar sus ciclos vitales e imponer límites para la explotación de estas formas de vida por parte de los seres humanos.

En este documento, los resolutivos denotan la visión de un tipo de educación ambiental con un carácter integral y totalizador, que además de impartirse en la escuela y el aula, debe salir de sus muros e insertarse en la cotidianidad de las personas para crear un proceso de concientización comunitaria, local y planetaria.

Es importante destacar que las discusiones sobre el tema de la educación ambiental se han dado bajo fuertes polémicas. El resultado es muy diverso dado que ésta, como producto de una orientación y articulación de las diversas disciplinas y experiencias educativas que facilitan la percepción integrada del medio ambiente; y, como espacio social que se encuentra atravesado por varios conflictos de interés,  es tan diversa y la situación actual tan conflictiva, que no puede estar circunscrita solo al marco de instituciones oficiales, descentralizadas o escuelas públicas o privadas. Por lo tanto, es necesario que  de manera integral, se baje al nivel de todos los sectores sociales, para ayudarles  a desarrollar una conciencia ética colectiva sobre todas las formas de vida con las cuales compartimos este planeta y que aprendan a  respetar sus ciclos vitales e imponer límites a la exploración de esas formas de vida impuesta por y para los seres humanos.

En relación al tipo de conocimientos que la educación ambiental debe generar, Batllori Guerrero (2001: 56), argumenta que el conocimiento que emane de una educación de este tipo, debe ser una construcción colectiva, compartiendo los problemas desde su planteamiento hasta su posible solución como situaciones que afectan al grupo en su conjunto y que el grupo como tal debe afrontar. En esta dirección, los educadores ambientales están llamados a trabajar sobre conflictos, considerando que es precisamente a través de situaciones conflictivas reales como las personas llegan a compenetrarse personal y afectivamente en la solución de problemas y en el cambio de comportamientos.

En lo que concierne a la discusión sobre la educación ambiental y el papel que le corresponde asumir hacia la búsqueda de un futuro sustentable, la autora antes señalada dice que hay que reconocer que la educación ambiental no es la panacea. Es decir, no es la solución a todos los males de las sociedades modernas, pues, el problema del deterioro ecológico, de destrucción de recursos naturales, del calentamiento global, la contaminación del agua, la destrucción de la flora y la fauna, etc., no se debe sólo a que hay más o menos educación ambiental, sino a un problema del modelo capitalista, ético y moral que prevalece hoy en día. Sin embargo, consideramos que no por eso debemos renunciar y restar importancia a este tipo de educación que, lleva implícita la dimensión ambiental con el propósito de que los individuos y las comunidades modifiquen su sistema de valores, sus actitudes y sus hábitos a favor de la conservación ambiental y que promuevan movimientos de solidaridad, cooperación y cuidado de nuestra tierra-patria.

A manera de conclusión, podemos afirmar que en la llamada era de la globalización que vivimos en la época contemporánea, tanto la educación, los derechos humanos, el medio ambiente y el desarrollo sustentable, guardan una relación muy estrecha dado que, ningún tipo de desarrollo en la vida social, ya sea este de carácter económico, político o cultural, se puede realizar al margen de estos conceptos que caracterizan la formación de los ciudadanos del planeta.

Hoy en día es fundamental que para alcanzar un desarrollo sustentable, se debe pensar en el cuidado y protección al medio ambiente, generando y promoviendo una conciencia local y planetaria; se debe establecer un acuerdo global sobre el respeto a los derechos humanos. Pero, la modalidad de lo que deben ser los nuevos derechos deben ser discutidos desde la propia sociedad civil, porque, como dice Gadotti (2000:328) la proclamación de los Derechos Humanos por parte de las Naciones Unidas en 1948, partió de un grupo de especialistas y fue negociada entre los Estados miembros de la organización; fue hecha antes de consultar la demanda, aunque hubiera sido manifestada de diversas formas. La sociedad civil no participó activamente en su elaboración, debido a que el crecimiento de las organizaciones sociales se dio, sobre todo, en la segunda mitad del siglo XX.

Por consiguiente en el presente siglo, se deben promover propuestas que emanen desde la cotidianidad de las personas, y no aceptar literalmente principios elaborados por especialistas, negociados políticamente  por partidos políticos y gobiernos que solamente los proclaman pero que nunca los cumplen. Los organismos no gubernamentales que atiendan una nueva visión sobre lo que debe ser la educación ambiental, los derechos humanos y el desarrollo sustentable, deben buscar la alianza global para poder mantener viva la esperanza de un futuro común que garantice una mejor calidad para los seres humanos y el planeta  tierra.

BIBLIOGRAFIA:


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LEFF, Enrique. Saber Ambiental. Sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder. Edit. SXXI.  Argentina 2002,
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UNESCO/PNUMA. “Conferencia Intergubernamental sobre Educación Ambiental”. Informe Final. UNESCO/PNUMA. TBILISI (URSS), 1977.
Plan Nacional de Desarrollo 2001-2006

 

* Profesor - Investigador de Tiempo Completo de la Licenciatura en Sociología de la Comunicación y Educación de la Unidad Académica de Ciencias Sociales de la UAG. Perfil PROMEP. Integrante del Cuerpo Académico en Formación “Educar para la Sustentabilidad”.