Revista Digital de Tecnologías de la Información y Comunicación. Vol. 5, No. 4. Trimestre octubre-diciembre de 2009. ISSN: 1870-7505

 

PROGRESO, MODERNIDAD O DESARROLLO: ¿TRAS DE QUÉ VA LA HUMANIDAD, HOY?

Jesús Castillo Aguirre*

Nazarin Vargas Armenta *

 

Introducción

No podemos interpretar una determinada teoría sobre el desarrollo regional sino conocemos la evolución histórica del significado de los conceptos de “desarrollo” y/o de “progreso” y del propio devenir de la humanidad que con aquellos conceptos se trata de describir y analizar. Más aún, adentrarnos al estudio de la teoría del desarrollo político social regional nos exige el conocimiento de la historia del progreso, el desarrollo y la modernidad en el devenir histórico por varias razones fundamentales.

Primero, debemos ubicarnos en el contexto actual, enmarcado por el proceso de la globalización, que se caracteriza por la tercera revolución industrial y tecnológica, impulsada por la electrónica, la informática y la automatización; por un nuevo esquema de producción global que integra a numerosos países vía la descentralización; por una acelerada integración de las economías nacionales; por las alianzas económicas y estratégicas entre países y empresas; por una crisis de las ideologías y reafirmación del neoliberalismo tardío, y por la formación de tres grandes bloques regionales en Europa, Asia y América del Norte (Cárdenas Boyasebeck y Chacón López:1999). Segundo, porque en este proceso la región, como unidad de referencia para el análisis territorial, no desaparece, pues es la unidad territorial de base que articula los espacios del capital mundial.

Por ello resulta un imperativo conocer las diversas teorías y prácticas que se han elaborado en torno a la región en diversos países, en diferentes épocas, pero sobre todo en nuestro país, México. Considerando, además, de que en la actualidad no hay certidumbre de que todos los pueblos y naciones alcancen el mismo progreso o desarrollo social y político que han alcanzado los países del mundo occidental y de un grupo de países del Este asiático.

Partimos de la hipótesis de Nisbet (Nisbet, 1998) de que lo largo de toda la historia (escrita en el mundo occidental) de la humanidad se ha documentado su interés por alcanzar el desarrollo y el progreso. Así lo constatan obras escritas de carácter filosófico, político y religioso que datan desde hace por lo menos tres mil años, a partir de la época clásica.

En las siguientes páginas se establecen los principales temas de discusión en torno a la idea de progreso, del desarrollo y de la modernidad, de acuerdo a varios autores contemporáneos.

Lo que se entiende por progreso o desarrollo

A lo largo de la historia el desarrollo o el progreso se han entendido en dos direcciones. En una como “avance, mejoramiento y perfeccionamiento del conocimiento” y/o como un mejoramiento moral o espiritual; mientras que otra como el mejoramiento de las condiciones materiales de existencia de la humanidad (Nisbet, 1998). Se considera en este trabajo que ambas no se contraponen, puesto que en la actualidad el mejoramiento material, entendido como la satisfacción de las condiciones de vida más elementales de la sociedad, se vuelve un imperativo para la propia sobrevivencia humana y para el mejoramiento moral o espiritual.

Este avance suele ser identificado como libertad o justicia. Se entiende que la humanidad ha progresado desde un estadio de primitivismo salvaje hasta la “civilización” actual, pero aún con la expectativa de que todas las razas de la humanidad alcancen por igual la “edad de oro”.

En los últimos treinta años hay una controversia en torno a lo que debe entenderse por modernidad y modernización. En el debate participan sociólogos, antropólogos y marxistas, con enfoques diferentes sobre la modernidad y la modernización.

Así, en los años setentas la sociología define la modernización desde una perspectiva funcionalista neoevolucionista del cambio social, dentro del contexto de fin del colonialismo. Por el contrario, el marxismo analiza la modernización desde una perspectiva histórica, como resultado del desarrollo capitalista.

Sin embargo, la visión dominante es la occidental, para quien la modernización debe seguir el camino occidental, independientemente de que esta puede darse en países del tercer mundo o en los de reciente industrialización. Se trata, pues, de una definición etnocéntrica en donde la modernización “es un proceso de cambio social que parte de la Tradición y conduce a la Modernidad, en términos de un modelo de ‘antes-y-después’”.

En la construcción de una definición de modernización se reconocen como los elementos modernizantes la ciencia y la tecnología, elementos que representan la novedad en el proceso de cambio social, llamado modernización. La inteligencia indígena de una sociedad (entendida como habilidad y formación intelectual) es quien implementa los nuevos elementos, y la educación es el medio para el proceso de cambio social (Solé, 1998).

Con estos elementos la modernización es definida como una rápida y masiva aplicación de ciencia y tecnología basada en la fuerza motriz de las máquinas a gran parte de las esferas de la vida social (económica, administrativa, educacional, defensiva), implementada por la inteligencia indígena de una sociedad.

En el debate sobre el concepto de modernización, a partir del decenio de 1960, se ha incorporado la discusión sobre los problemas del medio ambiente que genera la modernización; es decir, de los límites naturales y sociales del crecimiento: la sociedad de riesgo ambientalista se vuelve un nuevo paradigma. Los problemas ambientales comienzan a formar parte de la agenda de los gobiernos y de instituciones internacionales cuando se tratan los sistemas económicos tecnológicos. Se considera que la tecnología invade todos los ámbitos de la vida social, y no sólo se restringe a las máquinas, herramientas o artefactos mecánicos o electrónicos, sino también a las técnicas sociales.

En los países de América Latina se concibe la modernización como el logro del desarrollo económico y el arribo a una posición de equivalencia con los países bien situados, una vez que se han seguido sus políticas. Así, se puede formar parte del sistema internacional, pues los valores y objetivos de todo individuo se formulan en relación con los valores y objetivos de los demás individuos. Ello, a partir de estar constituidos en un Estado-nación.

No obstante, la consecución de estos propósitos son considerados como una falacia por diversos autores latinoamericanos, pues los países pobres no siempre lo han sido, y es el imperialismo quien ha ahondado las diferencias entre países pobres y ricos, configurando dos tipos de sociedades, donde una representa el desarrollo y la otra el subdesarrollo. La división internacional del trabajo ha impuesto a las naciones pobres el rol de ser países exportadores de materias primas, mientras que a los países ricos el de producir y exportar los productos manufacturados, creando una relación viciosa de dependencia contra los países subdesarrollados para quienes resulta inalcanzable la modernización.

Los determinantes del progreso o de la modernidad

En el mundo antiguo el progreso es atribuido a la divinidad, pues los dioses conceden la “revelación” para obtener el fuego y los recursos para conseguir los medios de sobrevivencia. De este modo, el hombre adquiere las condiciones para ser “la medida de todas las cosas, de las que no son, de que no son” (Protágoras). Así lo sostienen en sus obras pensadores como Jenófanes, Hesíodo, Esquilo, Protágoras, Tucídides, Platón y Aristóteles.

Pero pensadoras como Lucrecio y Séneca reivindican el hombre, los conocimientos y su ingenio como las principales fuentes de civilización, sin tener que “recurrir a los dioses” para conocer y explicar la evolución y los procesos naturales y sociales. Séneca atribuye a la sabiduría y a su crecimiento (entendido como el aumento de los conocimientos) como la fuente primordial de la civilización. La periodización de la historia de la humanidad comienza con los griegos, cuando identifican el progreso como un proceso de cambios cíclicos.

El progreso es un proceso de reforma que conduce al cambio social, cambio que resulta del conflicto dado en el tiempo en un contexto de unidad de la raza humana. Es un avance acumulativo material y espiritual del hombre en la tierra. Esta es una concepción de “progreso espiritual” que proviene de los primeros cristianos judíos y de los cristianos griegos. Esta idea de progreso del hombre en la tierra es adjudicada a San Agustín en su obra “La ciudad de Dios”, pues en ella expone por primera vez una concepción de reforma y del cambio social como resultado del conflicto, del fluir del tiempo, de épocas y desfases en la historia de la humanidad; quien, además, por vez primera expone una visión de la unidad de la humanidad (de todas las razas) y de la expectativa de una futura edad de oro. Todo ello, bajo una perspectiva de progreso, de un desarrollo lineal, como avance acumulativo material y espiritual.

La conciencia social del progreso

A partir de los siglos XII y XIII en el mundo occidental la idea cristiana de progreso adquiere plena vigencia, siendo importantes los avances en el campo intelectual, cultural, humanista y hasta tecnológico, teniendo como referente el esplendor del mundo grecorromano para el impulso del progreso futuro de la humanidad. En estos siglos se crean importantes instituciones que trascienden hasta la época moderna como la comuna libre, los gremios con autonomía y democracia, el parlamento y la universidad con autonomía, entre otras (Wences Reza, 2001).

En esta perspectiva se orientan los aportes de pensadores como Bernard de Chartres, Roger Bacón y Joaquín de Fiore (del paraíso espiritual al paraíso terrenal), que reafirman la capacidad del hombre para transformar el entorno con ayuda del saber y de su crecimiento acumulativo a lo largo del tiempo, en un recurrir unilineal.

En el período renacentista de los siglos XIV y XV la idea del progreso se inspira en la visión de los griegos y romanos, pero bajo teorías de recurrencia cíclica. Se considera a la historia como una vasta multiplicidad de recurrencias, de altibajos cíclicos. Conceden gran importancia a lo no racional y racional de las “emociones y pasiones”. Una corriente renacentista no reconoce aporte alguno durante la Edad Media a la civilización. Autores como Maquiavelo (en El Príncipe) aportan elementos para construir una teoría social del renacimiento, aún cuando para este autor la historia es una repetición cíclica.

El mito de la ideología de la democracia liberal y del neoliberalismo

Los fundamentos de la ideología liberal –y del neoliberalismo actual- se fundan en un lapso de tiempo que va de 1750 hasta 1900. En esta etapa se acuña la idea moderna de progreso, la que es entendida como libertad. Se dice entonces que la medida del progreso depende del grado de libertad. Es decir, la libertad individual de pensar, de trabajar y de crear. El progreso se propone realizar amplia y profundamente la libertad, reconociendo las diferencias en la escala de progreso debido a los diversos grados de avance alcanzados por los pueblos (Turgot). En esta perspectiva se define que el progreso de las instituciones sociales y las leyes políticas se encaminan para ampliar las libertades.

Adam Smith es quien elabora un sistema económico de corte liberal que reivindica la libertad individual y la autonomía de la empresa bajo principios de la libre competencia (sin monopolios) y sin intervención de Estado, para alcanzar el progreso.

En la actualidad, diversos autores intentan justificar la modernización liberal lograda y consolidada en los países desarrollados. Se trata de teóricos neoliberales como Milthon R. Friedman (Friedman, 1993) quien en su afán por explicar el éxito de los Estados Unidos recurre a los liberales e ideólogos clásicos como Adam Smith para nutrir sus planteamientos. Friedman reedita la libertad individual, el poder del mercado, el no intervensionismo del Estado, y sobre todo la libertad individual como requisito para la libertad política y el progreso humano. Como vimos, ello puede resultar válido para países occidentales de Europa, los Estados Unidos y Canadá, más no ocurre en los países de reciente industrialización de Asia donde la política aplicada no ha sido tan liberal.

Otro autor es Francis Fukuyama, para quien el modelo (neo)liberal y su democracia es, incluso, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la forma final de gobierno en un mundo sin contradicciones. Por lo tanto, toda evolución rezagada avanza hacia la democracia liberal (Fukuyama,1992). Así se llega al fin de la historia, es decir, a la historia “entendida como un proceso único, evolutivo, coherente”. Aquí no caben –afirma- ni la derecha ni la izquierda autoritarias, pues carecen de legitimidad para lograr la cohesión política interna e imponer el orden y la disciplina económica. No ocurre lo mismo con la democracia liberal, entendida no tanto como práctica sino como idea liberal, la que satisface el timos, es decir, el deseo de reconocimiento. Por lo tanto, el futuro que nos depara –de acuerdo a los teóricos neoliberales- es el de un mundo “esencialmente democrático y capitalista”, el reino de la libertad, aun cuando persistan las desigualdades sociales, pues no hay punto de equilibrio entre libertad e igualdad.

El progreso del mundo occidental en entredicho

Desde el siglo XIX varios autores comienzan a dudar de la posibilidad de que todos los pueblos alcancen la libertad y el progreso a partir de las ciencias y las artes (Condorcet). Malthus ve peligrar la sobrevivencia de la humanidad porque no hay suficientes alimentos para atender su crecimiento exponencial (pues la producción de alimentos lo hace aritméticamente), por lo que hay que contener la sexualidad en las clases más bajas a través de la educación.

En el siglo XX las dos guerras mundiales y la gran depresión de 1929, ponen en entredicho los principios liberales de Adam Smith sobre la libertad individual y de libre empresa acentuando la desconfianza hacia las posibilidades de alcanzar el progreso. El debate gira en torno a los que consideran que en la idea del progreso como la libertad se debe rechazar la intervención del Estado en la economía para que el crecimiento económico impulse el progreso en general, y los reivindica la intervención del Estado para planificar el desarrollo (Hobson, Hobhouse, Veblen, Keynes). No obstante, la idea de progreso es sustentada por marxistas, radicales, liberales clásicos y nuevos y conservadores; también hay concepciones racistas sobre el progreso y otras de carácter religioso.

Pero la duda sobre la posibilidad del progreso es también alimentada por la amenaza de una conflagración nuclear, la sobrepoblación, el ocio, el desprecio al pasado (sobre la que crece toda civilización auténtica, creadora y libre), el débil crecimiento económico que no acaba con las enormes desigualdades sociales; del mismo modo, por la pérdida de prestigio del saber y de los científicos, los historiadores, los filósofos, los tecnólogos, y los especialistas. Todo ello determina la pérdida fe por las instituciones del mundo occidental como promotoras del progreso. A ello contribuye el surgimiento, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, de los países del Asia Pacífico, quienes han desplazado al mundo occidental en la hegemonía del mundo. Se trata de países como Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur.

Tolerancia, democracia y derechos humanos

Frente a los planteamientos de los teóricos neoliberales se ha revisado un conjunto de paradigmas alternativos, en los que se reivindican como centros de la discusión la modernidad de la liberación, la tolerancia y los derechos humanos. Del mismo modo, para el caso de México se plantean la libertad en la globalización y un desarrollo sostenido con equidad e inclusión social. Hablamos de autores como Wallerstein, José Luis Calva, Isidro H. Cisneros y Rosalío Wences. Y es que hoy en día existen concepciones que aún refuerzan un nacionalismo en varias razas que se erigen como pueblos elegidos por dios para ir por delante de la humanidad, los poseedores de los recursos y la inteligencia para alcanzar y conservar el progreso y la modernidad (judíos y norteamericanos, por ejemplo).

Desde el siglo XIX surgen planteamientos que postulan que el progreso de la humanidad es el poder. Se trata de propuestas que muestran intolerancia, antidemocráticas que asumen rasgos nacionalistas, estatistas, y racistas. Se orientan por una idea de voluntad general para eliminar las desigualdades sociales resultado de los principios de propiedad individual, a partir del avance de la ciencia y la tecnología. Hablamos de Rousseau, Fichte, Hegel, Saint Simón, Comte, Marx y Gobineau.

En general, estos autores consideran que la historia es el progreso de la conciencia de la libertad; de la liberación de la propiedad privada y de la alineación; de la libertad de pensamiento y acción. No obstante, aquí la libertad corresponde sólo a un sector de la sociedad o a un tipo de comunidad o a una determinada raza, y es libertad se impone a partir de la coerción y de la fuerza con tal de conseguir el triunfo de un poder político o racial a nombre del “progreso”. Se trata de principios que reaccionan contra la anarquía derivada de épocas de revoluciones.

Estas concepciones de estatismo (de Fichte y Hegel) y de racismo (de Gobineau y Chamberlain) son contrarias a la tesis de unidad de la humanidad sostenida por San Agustín como de otros teóricos del progreso. Son un retroceso.

Wallerstein sitúa la discusión a partir de cuestionar lo que históricamente el Occidente a entendido por modernidad. Distingue la modernidad tecnológica de la modernidad de la liberación, siendo la primera la que sustenta la democracia liberal en el mundo desde la Revolución Francesa en 1789 hasta 1968, pues la segundo sigue siendo la utopía. Esta democracia tecnológica es la ideología liberal y es opuesta a la modernidad de la liberación (Wallerstein, 1999).

Para Wallerstein, del siglo XV al siglo XVIII comienza a establecerse la geocultura de la economía-mundo capitalista, y de 1776 a 1789 se impone el liberalismo hasta nuestros días. Entre 1815 y 1848 se configura una geocultura que impulsa la modernidad tecnológica y contener la modernidad de la liberación. La modernidad tecnológica continúa hasta 1968, y empieza a sucumbir su papel hegemónico frente a la modernidad de la liberación. La caída del muro de Berlín en 1989 –afirma Wallerstein-, es la continuación de los acontecimientos ocurridos en 1968 como cuestionamiento de la economía-mundo capitalista.

Esto evidencia el debilitamiento de las bases económicas del sistema capitalista mundial pues se hace más inestable y vulnerable frente a las “clases peligrosas”, además de que se presenta una reducción de la mano de obra barata, la reducción de los sectores medios y los daños ecológicos. Ello genera, además una brecha demográfica y económica entre el sur atrasado y el Norte industrializado. El autor plantea como una tarea de hoy la construcción de una utopía donde predomine la modernidad de la libración sobre la modernidad de la tecnología.

José Luis Calva cuestiona los resultados del modelo neoliberal para el caso de la economía mexicana, y planeta la necesidad de “reconstruir concientemente la esperanza, el anhelo y la fe en la posibilidad de un México mejor”, pues el neoliberalismo es un modelo económico y una ideología que tendrá su fin (Calva, 2000).

Calva plantea un modelo que en parte siga al de los modelos de las países asiáticos de naciente industrialización “cuyos procesos de desarrollo acelerados les permitieron establecer una sólida base productiva interna, compartir el avance científico-técnico y elevar sensiblemente los niveles de ingreso de sus poblaciones, (que) nada tuvieron que ver con las políticas neoliberales de apertura comercial a ultranza y retiro del Estado de sus funciones económicas como orientador, regulador y promotor activo del desarrollo” (Calva, 2000). Calva sostiene que el modelo exitoso de estos países se basó, más bien, en la combinación de políticas sustitutivas de importaciones con una promoción agresiva de las exportaciones, apoyadas ambas en un fuerte intervencionismo económico del Estado (como planificador, regulador y promotor de la industrialización a través de múltiples instrumentos: comerciales, fiscales, crediticias, administrativos y promocionales específicos) un gran impulso al desarrollo tecnológico endógeno y adoptado; en la formación de recursos humanos a través de sus sistema educativo y de la capacitación laboral integrada a la política industrial, en una sólida base de acumulación interna con regulación de la inversión extranjera; y en la subordinación de sus sistema financiero a la estrategia de industrialización”.

Otra propuesta de paradigmas alternativos corresponde a Isidro H. Cisneros, quien plantea el principio de tolerancia multicultural, entendida en los espacios de la cultura, lo social y lo político: como valor democrático; como método de persuasión y como ideal en el devenir histórico (Cisneros, 2000).

Concebida así, la democracia es (además del voto) un sistema que incorpora un conjunto de valores, principios y normas de convivencia indispensables para la sobrevivencia de la sociedad.

La tolerancia de multicultural se establece sobre el relativismo de los valores y sobre la universalidad de todos los derechos en un contexto de unidad de toda la raza humana. También esta tolerancia multicultural reconoce la diversidad étnica, religiosa, lingüística, social y política, “con los derechos de las minorías, con el relativismo de los valores”.

Para el caso del conflicto en Chiapas (propone Cisneros), éste debe resolverse a través de la tolerancia multicultural, que pasa por el reconocimiento de la autonomía de los pueblos indios como un derecho. Se trata de un proyecto de nación laico, incluyente y democrático, progresista que permita construir una sociedad de ciudadanos fundada en la tolerancia multicultural.

Rosalío Wences plantea que en los nuevos paradigmas de las ciencias sociales deben estar incorporados la educación en los derechos humanos sobre todo en el actual proceso de construcción de la democracia en México (Wences, 2000). Se entiende este proceso “como un largo  combate contra el ‘uno’, ‘contra el poder absoluto, la religión de Estado, la dictadura de partido o del proletariado’”. El concepto de conciencia democrática debe referirse a todos los derechos humanos: “las garantías individuales, los derechos sociales, el derecho al desarrollo sustentable, los derechos de los grupos étnicos, los derechos de los trabajadores, los de los campesinos, los de las minorías religiosas, los de las mujeres, menores, ancianos y jóvenes”. En la investigación y la promoción de los derechos humanos se debe reconocer la herencia democrática de nuestro país a lo largo de su historia.

Por otra parte, el autor considera que la educación que se imparte en las instituciones de enseñanza superior debe servir para el aprendizaje de los derechos humanos, “reducir los márgenes de la herencia autoritaria” y fortalecer de esta manera la democracia. Se trata de la construcción de la escuela del aprendizaje donde el estudiante figure en el centro del diseño problematizador del currículo, y la educación tenga como centro no sólo el aprendizaje de los conocimientos científicos, tecnológicos y humanistas sino la construcción de la democracia para la consecución de una sociedad más justa, equitativa y solidaria.

La educación para democracia debe pronunciarse por valores como “el respecto a la vida y a la dignidad humana, por la tolerancia y la no discriminación, por la valoración del pluralismo, la apertura solidaria a la diversidad y a la diferencia, por la construcción de criterios racionales para la resolución de los conflictos, que el diálogo, la comunicación y la razón deliberativa se anteponen a la lógica del enfrentamiento, la competitividad y el desencuentro” (Wences,2000).

El autor sostiene que la nueva utopía de hoy debe ser la construcción de una sociedad mundial con valores sobre los derechos humanos y la democracia, y que ello puede lograrse a través del aprendizaje de los derechos humanos desde las escuelas para que éstos tengan una vigencia plena en la sociedad. Se trata, pues, de edificar toda una cultura de los derechos humanos.

CONCLUSIONES

La idea de progreso ha estado presente en el mundo occidental –en el que está incluido nuestro país, desde hace tres mil años. El progreso o desarrollo se ha entendido por un lado como avance, mejoramiento y perfeccionamiento del conocimiento, y como mejoramiento moral o espiritual; y por otro, como el mejoramiento material de la humanidad.

El progreso ha tenido lugar como un proceso lineal, como un avance en el cual se han acumulado conocimientos y capacidades productivas. Ello contra las afirmaciones de que este proceso en forma cíclica, como avance y retroceso.

Los factores que determinan el progreso han pasado de un origen divino a uno de carácter terrenal. En este proceso desempeña un papel fundamental San Agustín. En la actualidad hay enfoques que definan la modernización como una rápida y masiva aplicación de ciencia y tecnología basada en la fuerza motriz de las máquinas.

Desde el siglo XVIII se ha impuesto el mito de la ideología de la democracia liberal y del neoliberalismo del mundo occidental, quienes para quienes el progreso es una libertad para imponer su poder: el capitalismo global.

No obstante, hoy las concepciones de progreso o de modernidad en el mundo occidental están entredicho, pues además de que tal progreso a subdesarrollado a más de dos tercios de la humanidad, donde incluyo los países de América Latina, ha conducido a la humanidad a vivir bajo la  amenaza de una conflagración nuclear, a la sobrepoblación, al ocio, el desprecio al pasado (sobre la que crece toda civilización auténtica, creadora y libre), a el débil crecimiento económico que no acaba con las enormes desigualdades sociales; del mismo modo, a la pérdida de prestigio del saber y de los científicos, los historiadores, los filósofos, los tecnólogos, y los especialistas; y al mismo deterioro de la credibilidad de las instituciones.

Sin embargo, no todo está perdido, pues hoy se debaten nuevos paradigmas alternativos en los que se reivindican como centros de la discusión la modernidad de la liberación, la tolerancia multicultural y la lucha por la plena vigencia de los derechos humanos en todas las sociedades como nuevas utopías mundiales. Para el caso de México se plantean la libertad en la globalización y un desarrollo sostenido con equidad e inclusión social.

 

BIBLIOGRAFÍA

Calva, José Luis, “MÉXICO MÁS ALLÁ DEL NEOLIBERALISMO. OPCIONES DENTRO DEL CAMBIO GLOBAL”, México, Plaza & Janés Editores, 2000.
Cisneros, Isidro I., “LOS RECORRIDOS DE LA TOLERANCIA”, México, Ed. Océano, 2000.

Friedman, Milton, “LIBERTAD DE ELEGIR. HACIA UN NUEVO LIBERALISMO ECONÓMICO”, Ed. Planeta-Agostini, México, 1993.

Fukuyama, Fransis, “EL FIN DE LA HISTORIA Y EL ÚLTIMO HOMBRE”, Barcelona, Ed. Planeta-Agostini, 1992.

Mercedes Cárdenas Boyasebeck y Orlando E. Chacón López, “UN ENFOQUE GEOPOLÍTICO DE LOS EFECTOS DE LA GLOBALIZACIÓN EN MÉXICO”, en

Serrano Moreno Jorge, “LA GLOBALIZACIÓN Y LAS REGIONES EN MÉXICO”, Tomo III, de la Colección: La Región Hoy, México, AMECIDER-UAEM, 1999.
Nisbet, Robert, “HISTORIA DE LA IDEA DE PROGRESO”, Barcelona, Ed. Gedisa, 1998.

Solé, Carlota, “MODERNIDAD Y MODERNIZACIÓN”, Barcelona y México, Anthropos-UAM-I, 1998.

Wallerstein, Immanuel, “DESPUÉS DEL LIBERALISMO”, México, Siglo XXI-CICH-UNAM, 1999.

Wences Reza, Rosalío, “EDUCACIÓN Y DERECHOS HUMANOS: TAREAS URGENTES EN MÉXICO”, Ponencia presentada en el Segundo Encuentro Nacional de la Red de Profesores e Investigadores de Derechos Humanos en México celebrado en la BUAP, agosto 28-29. Versión revisada y publicada en periódicos El Sur.

 

* Dr. Jesús Castillo Aguirre. Profesor investigador de tiempo completo del programa educativo de Economía de la Unidad Académica de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Guerrero. Perfil PROMEP.

* Dr. Nazarin Vargas Armenta. Profesor investigador de tiempo completo del programa educativo de Derecho de la Unidad Académica de Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Guerrero. Perfil PROMEP.