Revista Digital de Tecnologías de la Información y Comunicación. Vol. 7, No. 1. Semestre enero-junio de 2011. ISSN: 1870-7505

 

VIOLENCIA DE GÉNERO EN MUJERES UNIVERSITARIAS, DESDE EL PSICOANÁLISIS Y PERSPECTIVA DE GÉNERO

Dra.Yolanda Emperatriz Cortez Dillanes1
M.C. Mónica Guevara Rojo 2
M.C. Guadalupe Antúnez Nájera3

 

RESUMEN

Se aborda el tema de la violencia de género contra las mujeres en las universidades, desde dos enfoques el psicoanálisis y la perspectiva de género. La violencia de género, tiene una dimensión pública, visible, pero tiene también otra, es menos visible pero más perversa, opera como eje sobre el cual se articulan las relaciones humanas. Desde la perspectiva de género, la dominación, la descalificación del otro, su control, su sometimiento, es una necesidad implícita para mantener un statu quo, un sistema de relaciones, un orden social. Este orden social al que nos referimos se ha dado en llamar cultura patriarcal o falocentrismo.La violencia está al servicio de la identidad, y opera por exclusión, lo que no incorporamos lo rechazamos, surge porque a menudo cuando el sujeto considera amenazada su identidad, responde violentamente. La necesidad del otro provoca  violencia en el varón. Para la mujer educada en los patrones de género occidentales, sentir la necesidad del otro no desata violencia, ni el deseo de eliminar o reducir a ese otro. Las universidades son un contexto mucho más desfavorable para las mujeres que para los hombres, pues el contexto universitario devalúa y margina a la mujer.

PALABRAS CLAVES: Violencia, género, cultura, patriarcal, masculinidad, feminidad.

Introducción

Diversas investigaciones internacionales y nacionales realizadas en Universidades revelan que la violencia de género es un fenómeno que se da en el ámbito universitario y objetan, la creencia de que la misma se libra de padecer dicho problema. Por el contrario, se comprueba que es un hecho significativo, frecuente, repetitivo, que sucede en numerosos países en porcentajes elevados. Es una problemática social que afecta a mujeres de diferentes edades, clases sociales, culturas o niveles académicos. Ocurre no sólo dentro de la familia o relación afectiva, es una problemática existente en la comunidad. Existen numerosas iniciativas y experiencias en diversas universidades del mundo que han puesto en marcha medidas para prevenir situaciones de violencia de género en el contexto universitario. 1

Desarrollo

Las Naciones Unidas definen la violencia contra las mujeres como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”. 2 

La violencia de Género es consecuencia de los condicionantes socioculturales que actúan sobre el género masculino y femenino. No es algo inevitable ni atribuible a una predisposición genética, donde los hombres deban de ser considerados violentos y las mujeres adquieran el papel de víctimas.

En base a esta definición la universidad no queda excluida de vivir este problema. Las conclusiones de investigaciones realizadas en varias universidades así lo confirman. Desde un punto de vista cuantitativo los datos obtenidos indican que 65% de las y los universitarios entrevistados conoce o ha sufrido alguna situación de violencia de género en el ámbito de la universidad. Desde un punto de vista cualitativo, la información obtenida revela que entre la población universitaria existe confusión acerca de lo que sí y de lo que no se puede considerar violencia de género, y una parte considerable lo toleran en alguna de sus manifestaciones, aunque la gran mayoría piensa que deben aplicarse disposiciones en los campus para su erradicación y prevención. Universidades norteamericanas, españolas y mexicanas, han puesto en marcha medidas en sus campus.

Los estudios de género han ayudado a identificar una cierta violencia que se manifiesta en lo cotidiano de las relaciones, y que, por lo tanto, permanece o ha permanecido invisible. Las  raíces de la violencia de género se encuentran en las desigualdades de poder que existen entre hombres y mujeres en la sociedad, así como en determinadas formas de entender las relaciones amorosas, la sexualidad y de lo que significa ser hombre y ser mujer. Aunque se están dando muchos pasos dirigidos hacia la eliminación de esta problemática dramática todavía perviven mitos, ideologías, prácticas que en todos los ámbitos sociales legitiman o justifican las relaciones desiguales entre hombres y mujeres, y reproducen estereotipos sexistas. Ahí se encuentra la base que sostiene la violencia contra la mujer, pues provocan actitudes de tolerancia hacia situaciones de riesgo de violencia psicológica, dejando al ciclo de la violencia seguir su curso hasta su última expresión: la violencia física y sexual. Amurrio (2008).

Los vínculos originales entre los seres humanos, son vínculos afectuosos, sin embargo, han sido despojados esencialmente por el ansia de poder, sea en términos de dominación o de sometimiento. Proyectar el problema en todas sus extensiones comprende decir que la violencia de género infiltra los intercambios humanos, está instalada en el corazón de la vida social. Desde la perspectiva de género, la dominación, la descalificación del otro, su control, su sometimiento, es una necesidad implícita para mantener un statu quo, un sistema de relaciones, un orden social. La violencia no pone en peligro nuestro sistema social, porque forma parte del mismo. Este orden social al que nos referimos se ha dado en llamar cultura patriarcal o falocentrismo.3

Nuestra cultura es falocéntrica porque privilegia los elementos masculinos sobre los femeninos. Es importante precisar que no privilegia al hombre sobre la mujer, lo privilegiado es la masculinidad, por lo tanto el hombre también lo es, pero no de un modo absoluto, sino únicamente en tanto que represente y defienda los valores masculinos. Del mismo modo, algunas mujeres pueden verse beneficiadas a título personal, siempre y cuando asuman los valores masculinos del orden social.

La violencia de género, tiene una dimensión pública, visible, pero tiene también otra, menos visible pero más perversa, opera como eje sobre el cual se articulan las relaciones humanas. La microviolencias o violencia latente, es una violencia que no produce rechazo porque no se distingue, y habitualmente se disfraza, se justifica, como necesidad de establecer diferencias sexuales claras.  La introducción de esas diferencias conlleva un ejercicio determinante para la identidad de género, que consiste en subrayar la preferencia de la masculinidad, de determinados valores masculinos, sobre la feminidad, y esto se transmite de modo maligno y encubierto para ambos sexos.

La violencia es el fracaso del pensar, Hentsch, (1995), hace hincapié en la violencia, ya sea buena o mala, apropiada o excesiva, se presenta desde el origen a la formación de nuestra identidad. Es una violencia que recibimos del otro, y que inmediatamente interiorizamos. Sirva esto para relativizar ese elemento repetido hasta la saciedad, de que todo sujeto violento ha sido violentado en su infancia,  como si eso lo explicara todo. La violencia está al servicio de la identidad, y opera por exclusión, lo que no incorporamos lo rechazamos. En definitiva se pretende negar la alteridad dentro de mí, lo que me es extraño, lo que no puedo soportar de mí mismo. Es una doble negación: interna que rechaza parte de nuestra propia personalidad, por ejemplo rechazo en el hombre de lo pasivo, de lo débil, de lo femenino. Y externa: rechazo del que es diferente, del que no se somete.

Estas tesis tienen su origen en los desarrollos de la relación madre hijo de la primera infancia, señalados por una psicoanalista francesa, Piera Aulagnier, (1977) que señala la violencia inevitable que se da en las primeras relaciones madre – hijo. Esta violencia estructurante del psiquismo infantil, es una violencia simbólica, que la autora distingue de la violencia secundaria, excesiva, que en lugar de construir un ser en desarrollo, lo perturba, lo somete o lo intoxica.

La violencia surge porque a menudo cuando el sujeto considera amenazada su identidad, responde violentamente. Esto ocurre en sujetos que no tienen capacidad para tolerar internamente los conflictos, lo que provoca que el conflicto interno se plantee con otro exterior, tomado como enemigo. El sujeto potencialmente violento siente su necesidad del otro como una dependencia insoportable. Se siente disminuido y amenazado frente a esa necesidad que le confronta con una pasividad temible.4

Esa percepción de la dependencia es intolerable, y raíz de la violencia,  para el sujeto varón fundamentalmente. La mujer ha sido educada esencialmente en el fomento de la pasividad, de la dependencia y de la necesidad del otro. Y se convierte en  parte de su identidad como mujer, cuando se identifica a sí misma como objeto de deseo, o cuando se enorgullece de su capacidad de sacrificio para cuidar de los otros.

La necesidad del otro provoca violencia en el varón. Las mujeres educadas en los patrones de género occidentales, sentir la necesidad del otro no desata la violencia, ni el deseo de eliminar o reducir a ese otro, por el contrario, a menudo la reafirma en su seguridad, y en su identidad sexual. Esa necesidad del otro tiene como contrapartida compensatoria la oferta de identificarse con un lugar de objeto preciado y precioso: sea como objeto sexual, sea como objeto de devoción.

Para entender estas paradojas, los oprimidos, en este caso la mujer, ha contribuido a sostener la legitimidad de una dominación de género, y sobre todo la permanencia de un orden social fundamentalmente injusto para ella. Un análisis de la lógica de la identificación y de la filiación de la mujer en la sociedad, es decir, cómo su representación mental la ubica en ese lugar como mujer, y en la cadena de las generaciones. Benjamín (1996). El espacio privilegiado a estudiar es el de las relaciones madre - hijo, el lugar de transmisión de las representaciones mentales y afectivas primario y básico.

Lo que se transmite es un modo de pensar, de sentir y de hacer masculino, un modelo que por ejemplo, se arrebata a apropiarse del mundo externo y utilizarlo en servicio propio, pero considera limitado o desprecia, los cuidados necesarios para preservar y sostener ese mundo, ya se trate de personas o cosas.

La discriminación afecta, aunque no por igual, a todos, pues la división del mundo que opera en este orden patriarcal y falocéntrica, es la división entre lo que es masculino y lo que es femenino. No importa demasiado lo que unos y otros hagan, siempre y cuando quede claro que hay unas cosas que son masculinas y, por tanto, vitales, y otras que son femeninas y, debido a eso, secundarias. Que las mujeres se ocupen de las cosas clásicamente masculinas, antes que la transformación de las relaciones sociales, lo que implica es su masculinización, su pérdida de identidad. Este malestar omnipresente en las mujeres se puede constatar en cualquier estudio mínimamente serio sobre las dificultades de la mujer emancipada.

Si la concurrencia identificatoria para la mujer hasta ahora giraba en torno a dos ejes: el de ser un objeto sexual privilegiado, o el de ser una santa, las cosas ilusoriamente están cambiando a ritmo acelerado, la presencia masiva de la mujer en todos los territorios sociales lo legitima. Los resultados de las políticas de la igualdad, de la discriminación positiva, pasan por su incorporación a todos los órdenes sociales a cambio de no subvertir los valores que los identifican, estos valores son consustanciales al funcionamiento social, y coinciden completamente con lo que denominamos masculinidad. Así por ejemplo logramos citar la existencia de mujeres en la medicina, la judicatura, o en cualquier esfera de poder, o de la empresa privada, eso sí, siempre que sea lo bastante firme, arrojada, fría e inteligente, capaz de tomar decisiones atrevidas en tiempo récord, premisas todas ellas del quehacer clásico masculino. De hecho, se habla de la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, pero no se habla de la transformación de las relaciones que eso debiera suponer.

Al disfrazarse los valores sociales con los ideales normativos propios de la masculinidad, el aspecto más invisible de este orden falocéntrico es precisamente éste, todo aquello que acontece principalmente es sobre la masculinidad. Si la masculinidad es la norma, evidentemente el hombre sale favorecido de este supuesto. La masculinidad se sostiene por el rechazo de la feminidad.

En la adquisición de su identidad sexual de hombre, de su masculinidad, el varón tiene que rechazar y desprenderse de sus vínculos infantiles con la madre. Para crecer, para madurar, para hacerse un hombre, el niño tiene que despegarse de la madre, del mundo materno –infantil, y asumir valores ligados al padre en los cuales se sustituye una relación con otro – la madre –, por una relación con los objetos. La madre tiene que dejar de ser el otro principal en su vida, para pasar a ser un objeto – eso sí, idealizado –, que le provee de todo lo necesario. Pero que no deja de ser un objeto, y todo lo que se asimila a la madre, todo lo materno, se asimila a convertirse en un objeto, como ella.

Ser un hombre es necesario para ser  un sujeto y no un mero objeto, para no sentirse un objeto en las relaciones, sin embargo, su necesidad afectiva o sexual de una mujer contradice sus ideales masculinos de independencia, de dominio y de control del mundo. Esa es la tragedia del hombre moderno: entre sus ideales de autonomía, de independencia, de ser un sujeto agente, y sus necesidades del otro que lo confrontan con lo más rechazado.

Los ideales de la masculinidad enfrentan al hombre con una situación paradojal, porque le impiden el acceso a una parte no trivial de su propio malestar: el conflicto entre sus ideales y sus necesidades. Tal contradicción tiene como resultado hipotecar de modo incómodo las posibilidades de análisis de los conflictos subyacentes a la masculinidad. De ahí que la solución sea a menudo sintomática, en general ubicable dentro de los comportamientos límite, de las conductas de riesgo, de las adicciones o del ejercicio ciego de la dominación. En la trágica coyuntura de necesitar el reconocimiento de quien  – en tanto mujer–, es negado como sujeto el hombre posmoderno encuentra su propia identidad. 

Los resultados de una investigación llevada a cabo en universidades de 30 países que representan diferentes realidades culturales y socio-económicas: una media del 29% de los estudiantes había cometido agresiones en sus relaciones durante el año anterior a ser encuestados. Las investigaciones también indican que los abusos entre profesorado y alumnado existen. Burgués (2006), Flecha  (2008).

Es el caso de un estudio realizado en Francia, el cual indica que la proporción de agresiones – psicológicas, verbales o sexuales—aumenta cuanto más alto son los estudios de la mujer y la posición laboral que ocupa, comprobándose así que las agresiones se producen considerablemente en entornos normalmente considerados como liberales, donde se cree que hay un mayor respeto. (Burgués, 2006). Las mujeres jóvenes mejor preparadas académicamente son también uno de los grupos que sufre violencia de género, desmintiendo así la creencia de que las mujeres jóvenes ya no son víctimas de los malos tratos y la creencia de que a mayor preparación académica se libra de ser agredida queda desmentida.

Por otro lado, Burgués también observa que dicha violencia no sólo se da dentro de las relaciones de pareja sino que también sucede en citas dentro del espacio universitario y que es ejercida por compañeros que pertenecen a este contexto. Flecha (2008).

En el contexto de Cataluña, España un 58% de las 368 chicas universitarias que respondieron a una encuesta afirmaron haber sufrido o conocer alguna situación de violencia de género en la universidad. De acuerdo a Valls (2008) los estudiantes universitarios españoles tienen dificultades para identificar situaciones de violencia de género, y no siempre reconocen una situación de este tipo cuando la ven o niegan que exista. Al preguntar en la encuesta a estudiantes mujeres si conocían alguna situación de violencia de género que haya sucedido en la universidad o entre personas del ámbito universitario, el 14% respondió positivamente. Sin embargo, cambia su respuesta cuando le preguntan por situaciones concretas que internacionalmente son consideradas violencia de género: -agresiones físicas; violencia psicológica; agresión sexual; presiones para mantener una relación afectivo-sexual; recibir besos y/o caricias sin consentimiento; sentirse incomoda o miedo por comentarios, miradas, correos electrónicos, notas, llamadas telefónicas o por haber sido perseguida o vigilada; difusión de  rumores sobre su vida sexual; comentarios sexistas sobre la capacidad intelectual de las mujeres o su papel en la sociedad o comentarios con connotaciones sexuales que las degradan o las humillan- un 44% de las mujeres encuestadas afirmaban haber sufrido o conocer al menos una de estas situaciones en el ámbito universitario. Por lo tanto, cuando se preguntaba si habían sufrido o conocían a alguna persona que hubiera sufrido en la universidad una serie de situaciones concretas que a nivel internacional se consideran violencia de género, la cifra ya no es de un 14% sino de un 58%.

Burgués (2006), Castro y Vázquez (2008) detectan también cómo las universidades son un contexto mucho más desfavorable para las mujeres que para los hombres, pues el contexto universitario devalúa y margina a la mujer. Así, se considera que el acoso sexual y la misoginia –actitudes, comportamientos y prácticas que rechazan a la mujer—pueden manifestarse con normalidad en los currículos académicos, en las discusiones y debates en las aulas universitarias, siendo un mecanismo de subordinación y opresión hacia las mujeres.

Estas investigaciones también han puesto de manifiesto que los estudiantes creen que los sistemas de gobierno en las universidades no abordan adecuadamente la violencia de género en el campus y los comportamientos que la potencian. Esta percepción conduce a la apatía entre el estudiantado, y lleva a que no informen de incidentes de violencia que han sucedido en el contexto universitario. Por tanto, es necesario que las universidades promuevan la no tolerancia hacia ningún tipo de violencia.

Castro y Vázquez (2008) afirman que el rechazo, la insolidaridad y la desconfianza entre las propias universitarias no son actitudes aisladas, sino que deben analizarse en el contexto de una serie de creencias sociales producto de la socialización que toleran y permiten la violencia y acoso sexuales, que favorecen  y establecen un ambiente de hostilidad hacia las mujeres. Permiten la ramificación de toda una serie de mecanismos que refuerzan un largo y sostenido proceso de socialización hacia la subordinación que muchas mujeres viven ya desde su infancia. De este modo puede entenderse la violencia que sufren las estudiantes universitarias como la expresión de un proyecto social de domesticación iniciado en sus vidas mucho antes de que pasaran a formar parte de la institución universitaria.

Bonino (2004) acuña el término micromachismos para referirse a actitudes de dominación “suave” o “de bajísima intensidad”, formas y modos disfrazados y negados de abuso e imposición en la vida cotidiana, hábiles artes de dominio casi invisibles que los varones ejecutan permanentemente, frenos y también resistencias para la igualdad con la mujer  en lo cotidiano. Afirma que estos micromachismos suponen en sí mismos una forma de violencia de género, microviolencias, siendo la base en la que se inscriben las otras formas de violencia contra la mujer más tradicionales.

Según este autor ambas persiguen el mismo objetivo: poner a la mujer “al servicio del hombre”, invalidarla como sujeto, para de este modo conseguir perpetuar la injusta distribución de derechos y oportunidades. En línea con esta idea, otras autoras localizan en la universidad muestras de estos microabusos: la posesión por parte del varón del espacio y el tiempo; la suposición de que la opinión de los hombres es más seria y valiosa, mejor que la de la mujer; el monopolio de los puestos de decisión por parte de los varones; la imposición de la intimidad mediante una seducción en la que no se da la negociación. Bosh  (2006), Emakunde (2008), Castro y Vázquez (2008).

Flecha (2008) analiza cómo este tipo de violencia tiene efectos perjudiciales sobre los afectados y, como resultado, perturba el sano funcionamiento de la universidad: efectos sobre la autoestima de las mujeres (sentimiento de vergüenza y culpa; reducción de la estabilidad emocional; represalias de compañeros o funcionarios hombres; perder la calidad del propio trabajo en la universidad; miedo a ser considerada una persona problemática y a que su reputación se vea afectada dentro de la institución; el costo potencial que supone renunciar a su carrera profesional); percepción negativa que las mujeres afectadas tienen de la universidad y del personal universitario, lo que las lleva a realizar estrategias para evitar coincidir nuevamente con los acosadores e incluso eludir las interacciones con el profesorado masculino (desconfianza y decepción respecto a la academia y a los profesores hombres); repercusiones en las decisiones académicas y profesionales que ellas toman (dejar de asistir a clase, abandonar asignaturas, abandonar la universidad, cambiar de persona tutora o profesorado, abandonar el desarrollo de una carrera en áreas académicas dominadas por hombres).

Para Burgués (2006) en la universidad la violencia de género no sólo se ejecuta, sino que también se acepta. Varios estudios proponen implicar a los hombres en la erradicación de la violencia masculina contra la mujer y en la denuncia del desequilibrio de poder existente entre los géneros. Además afirman que se debe cambiar el modelo de masculinidad dominante (nulo manejo del mundo emocional, autoritarismo, actitudes de control de la pareja, etc.) pues supone un grave factor de riesgo para el ejercicio de la violencia. Emakunde (2008) Fernández-Llebrez (2005).

Burgués (2006) y Bosh (2006) proponen la creación de un currículum universitario inclusivo, sensible a las diferencias de género, capaz de generar cambios en las prácticas educativas y en la comunidad universitaria, y de transformar las relaciones desiguales entre hombres y mujeres que favorecen la violencia de género en diferentes ámbitos de la sociedad, siendo una de estas formas la que se desarrolla a través de los procesos educativos.

CONCLUSIONES

Para eliminar la violencia contra las mujeres primeramente necesitamos entender contra qué estamos luchando y contra qué no. El enemigo no son los hombres, ni tampoco el espacio privado o familiar, ni las instituciones, ni es un problema de ciertos individuos peligrosos o problemáticos, ni tampoco de actitudes de sumisión de algunas mujeres. Es un problema estructural de la sociedad que tiene sus raíces profundamente introducidas en el pensamiento y en la cultura tanto del colectivo de mujeres como de hombres. En consecuencia, se hace necesario un plan de intervención educativa que abarque todos los espacios de la sociedad, incluyendo tanto los espacios educativos formales como los no formales. Se trata de un cambio social, de educar a la sociedad, de cambiar comportamientos, actitudes, comentarios,  formas de pensar. La solución, pasa por dejar de entenderlo como un problema individual y convertirlo en colectivo, de toda la comunidad. Un reto educativo: hacernos conscientes de la manera desigual que funcionamos tanto a nivel social como individual, y emprender un cambio personal para hacer un cambio social, y viceversa.

Detener la violencia supone denunciarla, no tolerarla, no consentirla en otros, bien se trate de una agresión física, de un comentario, de un gesto, de un reparto desigual de responsabilidades en el hogar o en el trabajo o en una institución. Ambos hombres y mujeres necesitamos llevar a cabo un proceso de deconstrucción de los modelos dominantes de feminidad y de masculinidad que nos clasifican, limitan y separan. El espacio universitario es un “laboratorio” constante de nuevo pensamiento y de investigación, es un referente para la sociedad, es por ello que cualquier actuación que realicemos  tiene una repercusión importante en el resto. Proponemos hacer visible las formas sutiles, menos sutiles y evidentes en que se muestra la violencia contra las mujeres dentro del espacio universitario, porque es el primer paso para acabar con ella. Aceptar que también sucede en nuestros pasillos, aulas, oficinas,  en nuestras relaciones virtuales en la red, en nuestras comunicaciones telefónicas, en los carteles y publicidad, en congresos, en los currículos sobre los que trabajamos, en los textos y audio-visuales, etc., sacar a la luz esta realidad ocultada o ignorada.

NOTAS

1 Burgués, A.; Oliver, E.; Redondo, G.; Serrano, M. (2006). Investigaciones mundiales sobre violencia de género en la universidad. XI Conferencia de Sociología de la Educación: Santander, 2006. –
Castro, R. y Vázquez, V. (2008). La Universidad como espacio de reproducción de la violencia de género. Un estudio de caso en la Universidad Autónoma Chapingo, México. [Fecha enlace: abril 2009]. http://www.revistas.colmex.mx
Flecha, A.; Pulido, C.; Ríos, O.; Soler, M.; Valls, R. (2006-2008 b). Proyecto de investigación: Violencia de género en las universidades españolas. CREA y Universidad de Barcelona.
PUEG UNAM Programa Universitario de Estudios de Género http://www.pueg.unam.mx/
Ríos, O.; Soler, M.; Valls, R. (2006-2008). Proyecto de investigación: Violencia de género en las universidades españolas. CREA y Universidad de Barcelona.
2 Resolución de la Asamblea General Resolución 48/104 Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, 1993)
3 Benjamín, J: (1996) Los lazos de amor. Paidós, Buenos Aires.
4 Jeammet, P.: La violence comme réponse à une menace sur l’identité. SPP. Inédito.

BIBLIOGRAFÍA Y RECURSOS ELECTRÓNICOS:

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Amurrio M. et Al. (2008). Informe violencia de género en las relaciones de pareja de adolescentes y jóvenes de Bilbao. UPV-EHU, Departamento de Sociología.

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Bonino L. (2004). Los Micromachismos. [Fecha enlace: abril 2009] http://www.luisbonino.com/pdf/Los Micromachismos 2004.pdf

Bosch, E.; Ferrer, V.; Navarro, G.; Ramis, C.; Torres E. (2006). La violencia contra las mujeres en la pareja: creencias y actitudes en estudiantes universitarios/as. Reproducido en: Psicothema, 2006. Vol. 18, nº 3, pp. 359-366.

Burgués, A.; Oliver, E.; Redondo, G.; Serrano, M. (2006). Investigaciones mundiales sobre violencia de género en la universidad. XI Conferencia de Sociología de la Educación: Santander, 2006.

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PUEG UNAM Programa Universitario de Estudios de Género http://www.pueg.unam.mx/
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AUTORES:

1. Dra. Yolanda Emperatriz Cortés Dillanes, Doctora en Clínica Psicoanalítica. Docente e investigadora de la Unidad Académica de Psicología de la Universidad Autónoma de Guerrero. Perfil PROMEP, Coordinadora del Proyecto de Investigación: La aplicación de la psicología clínica –desde la perspectiva de género-  en el tratamiento de mujeres universitarias de la UAGro que viven con violencia. yocodi_@hotmail.com

2. M.C. Mónica Guevara Rojo, Maestría en Psicoterapia Humanista. Docente e investigadora de la Unidad Académica de Psicología de la Universidad Autónoma de Guerrero. Perfil PROMEP, participante del Proyecto de Investigación: La aplicación de la psicología clínica –desde la perspectiva de género-  en el tratamiento de mujeres universitarias de la UAGro que viven con violencia. Moguero22@hotmail.com

3. M.C. Guadalupe Antúnez Nájera,  Maestría en Psicoterapia Humanista. Docente e investigadora de la Unidad Académica de Psicología de la Universidad Autónoma de Guerrero. Perfil PROMEP, participante del Proyecto de Investigación: La aplicación de la psicología clínica –desde la perspectiva de género-  en el tratamiento de mujeres universitarias de la UAGro que viven con violencia. antunez1424@yahoo.com.mx